¿Quién dijo que para ser feliz necesitas la aprobación y reconocimiento de los demás?

Es posible caer en la dependencia al reconocimiento. De hecho es la adicción más extendida en nuestra sociedad, madre de todas las demás adicciones.

Todos buscamos la valoración externa y deseamos evitar el rechazo y la desaprobación. Es algo natural, y aquel que lo niegue muy probablemente se esconde -consciente o inconscientemente- tras una falsa máscara de autosuficiencia.

Se considera dependencia cuando necesitamos esa aprobación para sentirnos bien con nosotros mismos y con lo que hacemos. 

Se convierte entonces en algo que limita nuestra libertad y puede llegar a afectar gravemente la salud mental y física.

Preocuparse al extremo por los likes de nuestros perfiles en redes sociales, por el tamaño de nuestros pechos, el grosor de las piernas, el éxito de nuestro último libro, ganar un partido de fútbol o hallazgo científico… Todos son ejemplos distintos de esta misma adicción.

En nuestra sociedad es una dependencia totalmente generalizada y muy pasada por alto en sus estragos. Algunas personas sueñan con ser famosas y otras lo son a cambio de perder totalmente su autenticidad. 

Muchos de los más corruptos y despóticos políticos y empresarios del mundo padecen de esta enfermedad. Necesitan a cualquier precio, el aplauso y el poder ficticio que les da la sociedad y difícilmente sienten algún día que ya es suficiente, puesto que el amor hacia sí mismos es tan escaso que siempre necesitarán más y más.

Pero no hace falta ir lejos para encontrar a este tipo de adictos. Muchas de las personas que sufren en su vida, a menudo ponen en manos de los demás su valía personal y, a cambio de esa aprobación, aceptan pasar por lo que haga falta. Ya sea traicionar a personas que aman,  seccionarse trozos de cuerpo en operaciones quirúrgicas o vender su tiempo de vida trabajando en lo que no aman.

La semilla de toda esta adicción, por supuesto está en el adiestramiento recibido en la infancia a través de los aplausos y castigos de los mayores. A lo largo de su infancia, acaban confundiendo el reconocimiento con el amor. 

Si crees que puedes sufrir una dependencia a la valoración de los demás (sociedad, amigos, padres, pareja…), el primer paso es reconocerla. 

Has puesto en manos de otros tu valía personal. ¡Es maravilloso que empieces a darte cuenta!. Pon consciencia a esa necesidad de aprobación o a la evitación del rechazo. ¿Cómo influye en tus acciones y decisiones? 

A partir de entonces comenzarás a tener la oportunidad de salir de ese perverso juego, escogiendo lo que realmente quieres y deseas. 

Es posible que al principio reacciones desde la parte del niño herido, que cuando se sentía rechazado era castigado y lo vivía casi como una aniquilación de su ser. 

El niño dependía de sus padres pero ahora recuerda que es solo eso: pasado. 

Mira a esa parte de ti, abrázala y calmala desde el adulto que ahora eres. Ahora ya no necesitas la aprobación externa, únicamente la tuya.  Ahora puedes dártela, es suficiente y de hecho, es realmente la única que necesitas.

Sacrificarse no es amor.

Hay cierta creencia instalada en nuestra sociedad acerca de que, cuando amas algo o alguien, debes sacrificarte. Esto se aplica a la pareja, la familia, los hijos e incluso al propia vocación. Es como si se nos hubiera sepultado en la mente que cuando amas, debes poner al objeto de tu amor en el primer lugar de tu vida, de lo contrario no es precisamente amor. Es una gran confusión.


No niego que, en un momento puntual amarse conlleve ciertas concesiones, pero cuando eso se convierte en un hábito, entonces te desgastas, se desgasta tu amor. Aquello que tanto amabas ya no lo disfrutas.
Da igual de lo que se trate (relaciones, trabajo o cosas materiales), pero si se toma la actitud de dejarse de lado a uno mismo, no es amor.
Es triste porque muy a menudo sí comienza siéndolo, pero se va aniquilando a la par que te aniquilas a ti mismo. Lo que acaba quedando es pura obligación.


Si te sientes identificad@, realiza un simple gesto: reconoce de quién te llegó esa enseñanza, a quién le estás siendo leal en tu manera de amar. A menudo amamos así porque alguien nos amó de esa manera y no conocemos otra forma. Es hermoso porque, una vez lo ves, empiezas a comprender muchas de tus reacciones en la vida. Y naturalmente se va desactivando esa actitud en tu vida: empiezas a amar de verdad.

Culpa o miedo: le haré daño o me harán daño

¿Te revuelcas en culpa a través de este tipo de expresiones?. ¿Te frena el miedo a que algo de esto suceda?. Todo se basa en la falsa creencia de que puedes dañar o ser dañado.
Nadie te puede dañar ni tú puedes dañar a nadie. Solo uno mismo puede hacerse daño cuando ancla su felicidad a sus expectativas acerca de cómo deben comportarse otras personas o cómo deben ser las cosas.


Sé que este tipo de reflexiones pueden enfadar. En un primer momento surge una fuerte resistencia a tomar responsabilidad de la propia vida. Ojo, también he observado que algunas personas se amparan en esto para tratar de forma cínica a los demás.
Pero si el mensaje es comprendido, clarifica, permite saber aquello que te corresponde y aquello que no. ¿Vas a permitir seguir amargándote con los constantes cambios de las personas, sucesos y momentos de tu vida?. ¿Te corresponde culparte y hacerte cargo del dolor que otro siente por lo que esperaba de ti?.


Rara vez la vida coincidirá exactamente con lo que teníamos pensado. Lo que está fuera por más que quiera no está bajo mi control. Entonces puedes elegir: negarte, luchar y enfadarte o ceder y sentir paz.
Elegimos hacernos daño cuando esperamos que las personas y cosas se comporten como creemos que debe ser.


Para muchos esto sucede de forma muy inconsciente y en ese letargo, es muy común que esta reflexión enfade a más de uno, convencido de que son los demás, lo externo, los que han generado su dolor.
Nadie dijo que tomar responsabilidad de nuestra vida fuera fácil pero sin duda es liberador y empodera. El que se enfurruña es el niño interior que quiere las cosas tal y como las desea.


Si sientes que alguien te ha hecho daño por supuesto abraza tu dolor, porque no quiere decir que debas ignorar tus sentimientos. Pero ábrete a observar cual es esa expectativa con la que te estás haciendo sufrir.
Se consciente de que, del mismo modo que te generas sufrimiento, también tienes la oportunidad de soltar y recuperar tu bienestar.

Trascender la culpa, reencontrar la inocencia.

Muchos de los actos que tachamos de «crueles» en la sociedad, son realizados por personas que están convencidas de la bondad y amor que las mueve. 

Ya sea amor por una persona, hacia el dinero, hacia una causa… En nombre de esa razón que creen acertada muchos llevamos hasta las últimas consecuencias nuestros actos, inconscientes del dolor que pueden promover en los demás y sobre todo, ignorantes de esa inconsciencia.

Esa creencia ferviente de que sabemos lo que es bueno, hace que justifiquemos la tortura de almas a las que juzgar o maltratar. Creamos un escenario grotesco, aunque el origen es el amor. 

Con esto no sugiero que deben aceptarse las conductas más atroces porque vengan del amor. Quero decir que todos podemos vernos inmiscuidos en este juego macabro si categorizamos un acto de malvado y con ello justificamos el ataque y la agresión.  Sea la atrocidad que sea.

Darnos cuenta de esto nos libera de seguir participando en un bucle de juicio y resentimiento en el cual la humanidad está metida desde hace milenios. 

Decimos que alguien es cruel, malo, desviado… Y justificamos reaccionar de la misma forma, solo que en nombre de lo que para nosotros es la bondad. Y aunque se base en el bien común, en el amor, estamos alimentando el problema.

Caemos en la misma conducta inconsciente que queremos eliminar y perpetuamos la rueda de odio y crueldad.

Un ejemplo cotidiano es justificar mi derecho a hablarte mal por haberme insultado; a agredirte por que me has agredido; porque no te has puesto la mascarilla o porque piensas diferente a mi. Estallamos en avalanchas de odio hacia asesinos y delincuentes y justificamos el castigo. Todos podemos comprobar en nuestras vidas que esas reacciones hace tiempo que no sirven a nadie.

He estado muy dormida con este tema y seguramente seguiré estándolo en multitud de temas que me quedan por tomar responsabilidad. En nombre de la justicia sentí que tenía derecho a dejarme llevar por mi odio hacia el causante de la muerte de mi padre; insulté y odié a policías e investigadores incapaces de explicar lo sucedido; maltraté a seres humanos por ser policías, banqueros o presidentes.  Y todo eso por supuesto no colaboró en la situación, llenándome de conflictos, malestar y sufrimiento.

Creo que como humanidad, ya tenemos los recursos y las experiencias suficientes como para trascender este tema. Lo que tildamos de culpables, son personas condicionadas por su sistema de creencias y, aunque responsables de sus actos, éstos han sido condicionados por un sistema de pensamiento víctima de la cultura y condición social en la que les tocó nacer. Hay por lo tanto, un origen de inocencia en todo lo que llamamos maldad.

Cuando comparto esta opinión, muchos replican con temor lo horrible que puede ser un cambio de paradigma así en nuestra sociedad. Imaginan un mundo gobernado por la maldad, cuando precisamente eso es lo que está ocurriendo ahora con esa línea de pensamiento.

Ciegos ante la verdad de que esa creencia nos puede convertir en lo que estamos rechazando, de que eso es combustible para nuestros mayores males, seguimos indiferentes ante el actual sistema de castigo de nuestras sociedades.  Sometemos a millones de seres humanos a lo que llamamos hipócritamente «Centros de reinserción social». ¡Ojala nos esmeráramos de una vez por todas en que así lo fueran realmente!.

Para hacer honor a ese nombre deberían ser verdaderos espacios de sanación, donde las personas sumidas en su inconsciencia desde la más tierna infancia, reconecten con la genuina bondad y amor con la que vinieron a este mundo. Estamos perdiendo verdaderos diamantes para esta sociedad y promovemos la violencia y la oscuridad. 

Muchos todavía consideran que es la única manera, aun sabiendo de que encima la Justicia no es tan justa. De echo muy a menudo los que pagan son los más pobres, vulnerables o incluso los que no causaron delito alguno. Conscientes de que muchos responsables de grandes tragedias permanecen libres en nuestras callas y puestos de gobierno, evadiendo inteligentemente la ley aunque también ignorando la gran miseria e infelicidad de sus almas.

No me importa a quien escandalice esta concepción del asunto, sencillamente ya estoy cansada. Es vergonzoso que nos llenemos la boca de humanidad e igualdad, mientras ignoramos la original inocencia y humanidad de millones de presos.  Como decía Albert Camus: «Una sociedad se juzga por el estado de sus prisiones».

¿Quieres parar la rueda del odio y el rencor? ¿Quieres verdaderamente paz y amor en este mundo?. Corta tu guerra interior, comprende tu maldad y la inocencia desde su origen. Comprende tu bondad y las reacciones que con ello justificas. Si no es así, olor y sufrimiento seguirán volviendo multiplicados a nuestras vidas.  En forma de exconvictos todavía más resentidos, guerras o crisis demoledoras.

Algo me dice que estamos cambiando,  este fenómeno es cada vez más evidente y el ser humano, aunque todavía dormido, está experimentando desde hace décadas un despertar a su interioridad.