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Trascender la culpa, reencontrar la inocencia.

Muchos de los actos que tachamos de «crueles» en la sociedad, son realizados por personas que están convencidas de la bondad y amor que las mueve. 

Ya sea amor por una persona, hacia el dinero, hacia una causa… En nombre de esa razón que creen acertada muchos llevamos hasta las últimas consecuencias nuestros actos, inconscientes del dolor que pueden promover en los demás y sobre todo, ignorantes de esa inconsciencia.

Esa creencia ferviente de que sabemos lo que es bueno, hace que justifiquemos la tortura de almas a las que juzgar o maltratar. Creamos un escenario grotesco, aunque el origen es el amor. 

Con esto no sugiero que deben aceptarse las conductas más atroces porque vengan del amor. Quero decir que todos podemos vernos inmiscuidos en este juego macabro si categorizamos un acto de malvado y con ello justificamos el ataque y la agresión.  Sea la atrocidad que sea.

Darnos cuenta de esto nos libera de seguir participando en un bucle de juicio y resentimiento en el cual la humanidad está metida desde hace milenios. 

Decimos que alguien es cruel, malo, desviado… Y justificamos reaccionar de la misma forma, solo que en nombre de lo que para nosotros es la bondad. Y aunque se base en el bien común, en el amor, estamos alimentando el problema.

Caemos en la misma conducta inconsciente que queremos eliminar y perpetuamos la rueda de odio y crueldad.

Un ejemplo cotidiano es justificar mi derecho a hablarte mal por haberme insultado; a agredirte por que me has agredido; porque no te has puesto la mascarilla o porque piensas diferente a mi. Estallamos en avalanchas de odio hacia asesinos y delincuentes y justificamos el castigo. Todos podemos comprobar en nuestras vidas que esas reacciones hace tiempo que no sirven a nadie.

He estado muy dormida con este tema y seguramente seguiré estándolo en multitud de temas que me quedan por tomar responsabilidad. En nombre de la justicia sentí que tenía derecho a dejarme llevar por mi odio hacia el causante de la muerte de mi padre; insulté y odié a policías e investigadores incapaces de explicar lo sucedido; maltraté a seres humanos por ser policías, banqueros o presidentes.  Y todo eso por supuesto no colaboró en la situación, llenándome de conflictos, malestar y sufrimiento.

Creo que como humanidad, ya tenemos los recursos y las experiencias suficientes como para trascender este tema. Lo que tildamos de culpables, son personas condicionadas por su sistema de creencias y, aunque responsables de sus actos, éstos han sido condicionados por un sistema de pensamiento víctima de la cultura y condición social en la que les tocó nacer. Hay por lo tanto, un origen de inocencia en todo lo que llamamos maldad.

Cuando comparto esta opinión, muchos replican con temor lo horrible que puede ser un cambio de paradigma así en nuestra sociedad. Imaginan un mundo gobernado por la maldad, cuando precisamente eso es lo que está ocurriendo ahora con esa línea de pensamiento.

Ciegos ante la verdad de que esa creencia nos puede convertir en lo que estamos rechazando, de que eso es combustible para nuestros mayores males, seguimos indiferentes ante el actual sistema de castigo de nuestras sociedades.  Sometemos a millones de seres humanos a lo que llamamos hipócritamente «Centros de reinserción social». ¡Ojala nos esmeráramos de una vez por todas en que así lo fueran realmente!.

Para hacer honor a ese nombre deberían ser verdaderos espacios de sanación, donde las personas sumidas en su inconsciencia desde la más tierna infancia, reconecten con la genuina bondad y amor con la que vinieron a este mundo. Estamos perdiendo verdaderos diamantes para esta sociedad y promovemos la violencia y la oscuridad. 

Muchos todavía consideran que es la única manera, aun sabiendo de que encima la Justicia no es tan justa. De echo muy a menudo los que pagan son los más pobres, vulnerables o incluso los que no causaron delito alguno. Conscientes de que muchos responsables de grandes tragedias permanecen libres en nuestras callas y puestos de gobierno, evadiendo inteligentemente la ley aunque también ignorando la gran miseria e infelicidad de sus almas.

No me importa a quien escandalice esta concepción del asunto, sencillamente ya estoy cansada. Es vergonzoso que nos llenemos la boca de humanidad e igualdad, mientras ignoramos la original inocencia y humanidad de millones de presos.  Como decía Albert Camus: «Una sociedad se juzga por el estado de sus prisiones».

¿Quieres parar la rueda del odio y el rencor? ¿Quieres verdaderamente paz y amor en este mundo?. Corta tu guerra interior, comprende tu maldad y la inocencia desde su origen. Comprende tu bondad y las reacciones que con ello justificas. Si no es así, olor y sufrimiento seguirán volviendo multiplicados a nuestras vidas.  En forma de exconvictos todavía más resentidos, guerras o crisis demoledoras.

Algo me dice que estamos cambiando,  este fenómeno es cada vez más evidente y el ser humano, aunque todavía dormido, está experimentando desde hace décadas un despertar a su interioridad. 

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